Capítulo 1 – El Guadalquivir. Historia.

Nace el Guadalquivir en Cazorla, desde donde baja hacia el Atlántico para dejar de ser río en Sanlúcar de Barrameda.

Se hace raro pensar que hubo un tiempo en el que el océano se adentraba hasta donde hoy se alza la Giralda. Pero eso pasó, hace mucho, y todavía no había gente por aquellas veredas que pudieran verlo. Ni dejarnos su testimonio.

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Gracias a la ciencia casi forense de la arqueología, y a sus prospecciones y sus catas, que sabemos cómo era nuestro territorio en tan arcaicos y lejanísimos periodos, con esos nombres tan hermosos, Cámbrico, Paleolítico, Mesolítico, Mioceno, o el Holoceno, que es el periodo geológico interglaciar que ahora habitamos.

Cuando mucho más tarde los sedimentos que arrastraba el río se fueron depositando en la desembocadura, el fango arenoso se fue volviendo tierra compacta, siglo a siglo, y ocurrió que el golfo dejó de serlo, y se convirtió en una laguna, con una gran cantidad de islas, y con unas condiciones morfológicas precisas para que, durante los siglos siguientes, el enorme lago se convirtiera en un río. Y la zona que hoy es Sevilla se fue alejando de la mar.

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Pero sólo en millas náuticas. Porque nuestra ciudad siempre ha sido puerto de la mar océana, y ha mantenido latente una nostalgia del océano.

Porque el río Guadalquivir es una calle de Sevilla, es la avenida que la lleva directamente a todos los mares del mundo. Y a esa calle de agua los sevillanos y el resto del orbe la ha nombrado de muchas maneras. La más antigua de la que tenemos conocimiento histórico es Baetis, Betsi o Betis, que era como la nombraban los fenicios.

Cuando se aposentaron los primeros habitantes de Sevilla, fenicios del reino de los tartesos, lo llamaron, indistintamente, Tharsis o Betis. En periodos cortos de la dominación romana algunos autores lo denominan Perques, Perci, o incluso Certis.

No nos queda ninguna crónica de aquellos días. Pero sí ha llegado a nosotros una crónica, escrita por Herodoto dos siglos después, tras el declive comercial de Argantonio y su reino. Los griegos llevaban deseando la zona más de un siglo, pero los fenicios en esos momentos eran poderosos, en parte gracias a que las explotaciones mineras les habían enriquecido, y se podían permitir un ejército profesional. Pero parece que el renacer de Tiro desvió el comercio a esos lares, y Tharsis languideció. Y los griegos, que estaban pendientes, lo aprovecharon. El mítico y legendario reino Tarteso desapareció de la historia.

La crónica de Herodoto nos cuenta que una nave fenicia de Samos, comandada por Coleo se dirigía a una expedición rutinaria hacia Egipto, cuando una tormenta los desvió y los llevó más allá de las columnas de Hércules, más allá de Gibraltar. Era una zona poco conocida y temida, porque era salir del Mediterráneo y aventurarse en el océano, habitado por monstruos, para el que además aquellas naves no estaban preparadas. Después de amainar se encontraron en unas desconocidas playas de arenas doradas, desde las que se veían unos árboles frondosos y bellísimos. Habían llegado a Sevilla. Pero todavía no lo sabían. Porque eran ellos los que la tenían que fundar.

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Eso ocurrió hace tres mil años. Entonces las mesetas del Aljarafe eran unos acantilados sobre un golfo marino, o quizá sobre un incipiente y enorme lago, de marismas y aguas saladas, y estos fenicios samios decidieron establecerse allí, en una aldea de cabañas construidas sobre largos palos, en la zona que hoy ocupa el Arenal y la parte oeste del Centro, que no era más que pura marisma inestable, apenas una tierra de sedimentos que se inundaba, o se secaba, según la estación del año. A este primer barrio de Sevilla lo llamaron Ispal, y allí, en una isla de aproximadamente una hectárea, que era la que menos se inundaba en invierno, aquellos marineros y comerciantes clavaron muy hondo sus estacas, y sobre ellas construyeron sus casas, con forma de palafitos, para cuando vinieran las aguas de nuevo a cubrirlo todo, poder tener un asentamiento en el que vivir, y aprovechar las ventajas de la enorme vía de comunicación, transporte y abastecimiento que era esa gran avenida de agua. Que los podía llevar hacia el sur, hasta el mar, o hacia arriba, hasta las riquezas de la Sierra. El gran río Tharsis.

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Desde esa primera base portuaria las naves fenicias salieron a explorar las riquezas mineras, madereras y agrícolas, que hasta entonces sólo vislumbraban en sus esporádicas transacciones comerciales con los primitivos indígenas de la región, los íberos.

A partir de esa época los fenicios dominaron y desarrollaron la región del Bajo Guadalquivir, hasta que, en el siglo VIII antes de Cristo, llegaron los romanos, que mantuvieron el nombre de la población, latinizándola. De Ispal a Híspalis. Más tarde, reinando Julio César, le añadieron sus hermosos apellidos. Julia Rómula Híspalis. Pequeña Roma Sevillana de Julio.

En el siglo I antes de Cristo ese villorrio, aunque era ya un importante nudo de comunicaciones, se convierte en un Oppidum de cierta importancia, amurallado y dotado de servicios administrativos, militares y comerciales, que mantenía además un continuo contacto con la próxima y aristocrática Itálica, cuna de emperadores. Pero es dos siglos después, a finales del I después de Cristo cuando el Portus Hispalensis se vuelve imprescindible. Hasta Estrabón lo reseña como muy superior a los de Gades o Corduba. Y, según dejó escrito, al de Alejandría y el del Nilo, en Egipto.

Fue vía de transporte y comercio para todo tipo de mercaderías. Minerales, como plata, hierro, cobre, mercurio, plomo, bermellón o cinabrio; la tan deseada sal, pescado, fresco o en salazón, tejidos, especialmente lanas, además de maderas de los bosques de sierra Morena. Ya entonces era vital el aceite de los grandes olivares del Aljarafe, que tenía fama de excelente en todos los rincones del Imperio Romano.

Funcionaban también unos astilleros de donde salían embarcaciones comerciales, como las largas barcas de trigo, o escuadras completas destinadas a campañas bélicas, sobre todo por el Mare Nostrum y la región del Magreb.

En el corto periodo visigodo Sevilla era la ciudad más importante de la Península Ibérica, y el Río no tuvo ningún cambio en su denominación. Siguieron llamándolo Betis.

Los árabes sustituyeron su nombre en la segunda mitad del siglo IX, en el reinado de Abd-el-Rahman II. Empezaron a llamar al Guadalquivir el río de Córdoba, Nahr Qurtuba, según dejó escrito el Moro Rasis, historiador del siglo IX y X cuyo verdadero nombre era Áhmad ibn Muhámmad-al-Razi. Sabemos de alguna denominación anecdótica más, como Nahr Agtam, en un mapamundi del siglo XII, o Nahr Ixbiliya, el río de Sevilla, usado por algunos autores árabes de la época. Pero estas formas de referirse al Río nunca prosperaron. Y a partir del siglo XI se impuso el nombre que ha permanecido hasta el día de hoy, Guadalquivir, Wadi-al-Quevir, es decir, el Río Grande.

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El Guadalquivir tiene una longitud de 657 kilómetros, desde su nacimiento en Cañada de las Fuentes, en la localidad de Quesada, en Jaén, hasta su desembocadura en Sanlúcar de Barrameda, en Cádiz. Su recorrido es de este a oeste, hasta que llega a la provincia de Sevilla, en donde gira hacia el sur, hacia el océano Atlántico.

La mayor parte de su curso es por terreno llano y amable, sin sobresaltos, y a ese recorrido se le denomina Depresión del Guadalquivir.

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Atraviesa las provincias de Jaén, Córdoba, Sevilla, Huelva y Cádiz. Aunque en realidad la provincia de Huelva no la atraviesa en puridad. Sólo la toca en su margen derecha cerca de la desembocadura, en la linde de las marismas de Doñana.

En estas provincias cruza las poblaciones de Mengíbar, Villanueva de la Reina, Andújar y Marmolejo, en Jaén. Villa del Río, Montoro, El Carpio, Córdoba y Palma del Río, en Córdoba. Peñaflor, Lora del Río, Alcolea del Río, Villanueva del Río, Villaverde del Río, Brenes, Alcalá del Río, La Rinconada, La Algaba, Camas, Sevilla, San Juan de Aznalfarache, Gelves, Coria del Río y La Puebla del Río, en Sevilla. Y Trebujena y Sanlúcar de Barrameda, en Cádiz.

El Guadalquivir recibe pleitesía de importantes afluentes. Desde la margen derecha el Guadalimar, el Jándula, el Yeguas, el Guadalmellato, el Guadiato, el Bembézar, el Viar, el río Rivera de Huelva y el Guadiamar.

Y por la margen izquierda el Guadiana Menor, considerado la verdadera fuente del Guadalquivir, el Guadalbullón, que pasa por Jaén, el Guadajoz, el Genil, que es su principal afluente recogiendo parte de las aguas de Sierra Nevada, el Corbones, y el Guadaíra, que pasa por Alcalá de Guadaíra y Sevilla, aunque entubado y soterrado.

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También son importantes afluentes para Sevilla, por el hecho de atravesar históricamente sus calles, dando forma a la configuración urbana de la ciudad, el Ranilla, el Tamarguillo, y el Tagarete, que pasaba por la Puerta de Jerez y rellenaba el foso de la Real Fábrica de Tabacos, y que hoy desemboca casi debajo de la Torre del Oro, discurriendo por tuberías. Hay autores que afirman que estos tres son el mismo cauce, con distintos nombres, pero con la misma y perversa capacidad para ayudar al Río Grande en sus periódicas inundaciones.

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