Los navegantes del velero Pros han tenido que intercambiar víveres tras cruzar el estrecho de Magallanes

Magnífica narrativa en el cuaderno de bitácora del velero Pros, tras pasar el estrecho de Magallanes, en la que relatan las condiciones de navegación y cómo, al igual que los tripulantes de la gran expedición de Magallanes y Elcano, tuvieron que intercambiar alimentos con otro barco. Este es un adelanto, el relato completo de esta etapa en https://agnyee.com/25/02/2020/entrada-8-2-etapa-rio-gallegos-valparaiso-25-de-febrero-de-2020/

ENTRADA 8.2: ETAPA RÍO GALLEGOS – VALPARAÍSO
25 de febrero de 2020
Cuentan las crónicas que Magallanes tardó 37 días en el paso del Estrecho de Todos los Santos, que hoy lleva su nombre. Un paso bastante rápido para ser el de alguien que lo cruzaba por primera vez. La siguiente expedición, la de Jofré Loaysa, en la que también participaba J. S. Elcano, empleó en cambio más de cuatro meses en alcanzar el Pacífico. Una verdadera tortura. Ya sé que resultan odiosas algunas comparaciones, sobre todo cuando las circunstancias son muy diferentes. Pero no está mal señalar que el PROS se adentró en el Estrecho la noche del día 13 de febrero y que, tras una parada de dos días y medio para esperar el paso de un frente, se hallaba ya el día 20 a la vista de la isla Desolación, que señala la salida al Pacífico. Precisamente entonces, el Pros se desvió por el Paso Tamar hacia el canal Smyth, para continuar su rumbo hacia el norte en demanda de los canales patagónicos. Lo que significa que el cruce propiamente dicho, ha durado 7 días. Sin duda, un paso bastante rápido para un velero que izó sus velas a lo largo de muchas millas, precisamente donde las condiciones de 2
viento y corriente eran más comprometidas.

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Como lo hicieran en el pasado los viejos bergantines y los veloces clippers que surcaban estas aguas, antes de que la aparición de los barcos de vapor acabara con tan espléndido espectáculo y relegara la vela al entorno del deporte náutico. La experiencia del paso del anunciado frente de bajas presiones marcó, sin duda alguna, nuestra travesía. No en vano, éramos conocedores desde hacía días de que, a menos que se desviase, nos íbamos a encontrar en la trayectoria del frente. No podíamos correr para esquivarlo ni podíamos tampoco ralentizar la marcha que, por otro lado, sería inútil. Sólo cabía adoptar la solución que Fernando, nuestro capitán, adoptó sin vacilación. -“Elegiremos un tenedero, a resguardo de los vientos del cuarto cuadrante, y esperaremos que pase el frente” – nos dijo con una voz firme, que también buscaba la anuencia de la tripulación. Fernando es así, una persona con fuerte carácter, pero a la que le gusta más ser entendido que obedecido. Además, sabe sonreír, aún en las circunstancias más difíciles, cosa que siempre se agradece.

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No olvidaremos la bahía Tilly, que tanta seguridad nos proporcionó y en la que compartimos trabajos y sentimientos durante dos días y medio, los suficientes para que la baja presión reinante fuera sucedida por un consistente ascenso del barómetro. Estábamos inquietos ante la incertidumbre, por lo que pudiera ocurrir. Ahora, a toro pasado, resultan chispeantes los comentarios en torno a los esfuerzos por fondear bien las dos anclas, o los recuerdos de la lucha contra las 3 toneladas de algas enroscadas en ellas a la hora de levarlas. Pero no siempre fue así. Y, desde luego, nadie olvidará a Alberto enarbolando un cuchillo de cocina, el más grande que encontró, fuertemente unido con cinta aislante a un bichero, para embestir y tajar con hábiles golpes la inextricable maraña vegetal que impedía cobrar el ancla. Una operación culminada con éxito y gritos de júbilo, que nos permitió volver a nuestro rumbo.

Tilly, una bahía ciertamente protegida, transformó los 50 nudos de viento y 70 de racha anunciados, en vientos efectivos de 30 en el lugar con alguna racha de 40. Lo que esperábamos que ocurriera, cuando la elegimos. El resto del trabajo fue ya mérito del ancla, de las dos. La reanudación de la marcha fue recibida con euforia por la tripulación. Seguramente era un tiempo irrecuperable el que habíamos perdido, pero había que intentar que, al menos, no se ampliase. Retomamos el Paso Tortuoso, que se prolonga en el Paso Largo hasta la isla Tamar, enfrente de la isla Desolación. Aquí es donde cabe dirigirse directamente al Pacífico, como hicieron los integrantes de la expedición del Maluco, o desviarse por el canal Smyth, dejando a babor la isla Manuel Rodríguez (continúa en el enlace).

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